Por lo general los países evitan los extremismos procurando mantener un equilibrio dentro de sus sociedades. Japón, como gran potencia mundial pareciera ser un ejemplo de ello, pero si tomamos cierta distancia veremos algo que se asemeja a un navío escorado. Aunque a diferencia de este, que no fue originalmente diseñado para esta postura, Japón fue construido desde la base con una inclinación que hasta hace muy poco no era tan evidente.
Durante más de mil años el aldeano o campesino fue adoctrinado en la importancia extrema del orden y la armonía. Ante el más mínimo desacato a la autoridad las decapitaciones, mutilaciones, o el exterminio de la familia estaban a la orden del día. Sin necesariamente dar por válidos los estudios de epigenética de los últimos años que nos revelan una probable transmisión de la alteración genética en los descendientes de personas con experiencias traumáticas, retrocediendo varias centurias podríamos explicar cómo aún hoy las nociones de obediencia y sumisión, superior o tirano, autoridad o abuso, armonía o represión, colaboración o explotación, jerarquía o paternalismo se entremezclan y laten, alternadamente bajo la piel de sus habitantes.
Mientras este imponente barco navegaba por las aguas de la era industrial no solo parecía ser sólido y bien construido sino que era además admirado y elogiado por otros constructores. Cuando la globalización empezó a mover algunas corrientes submarinas, pequeñas voces disidentes comenzaron a aparecer señalando que algunas cosas podrían no estar del todo bien, pero fueron ignoradas primero y olvidadas después. Hoy, en plena era de la información, con aguas picadas, vientos repentinos y marea cambiante, esta poderosa embarcación otrora un modelo de estabilidad, se bambolea peligrosamente haciendo agua por babor. A pesar de la alarmante situación y de ser evidentes los problemas estructurales y de diseño, una vez más la razón es dejada de lado.
La solución del alto mando es pintar el barco de alegres colores y con unas simpatiquísimas caricaturas que no solo sirven para subir la moral de la tripulación, sino que además desde fuera se ven muy kawaii.
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