Esta vez no es una fuga de aceite el desperdicio, sino el tiempo perdido en protocolos irracionales sostenidos por una manera de pensar tan flexible como el concreto.
La máquina cortadora, muy parecida a esas rebanadoras de embutidos que se encuentran en cualquier panadería, se desliza suavemente sobre su carril empujada por un brazo de la operaria mientras con el otro sujeta la pieza a cortar. Después de tanto ir y venir, la necesidad de lubricante se hace evidente en el incremento de la fuerza necesaria para mover el aparato sobre su riel. Decide entonces ir en busca del técnico encargado de esas máquinas a otro edificio y explicarle el problema.
Luego de una incierta espera de varios minutos aparece el ingeniero, un tipo alrededor de los treinta, con una botellita en la mano. Coloca TRES GOTAS de aceite. Una a cada extremo y otra al centro de la corredera, mueve un par de veces la máquina y se va sin decir palabra. Esta actitud, para nada inusual en las fábricas japonesas, recuerda a la de muchas autoridades y funcionarios latinoamericanos que parecen ser importunados y fastidiados por «la chusma» y, cuando al fin se deciden a hacer el servicio por el cual se les paga, lo hacen ver como si de un gran favor o de la gracia divina se tratara.
En una de las tantas veces la operaria, osada, le pregunta al técnico si no puede dejarle la botellita para colocar ella misma las tres gotas de lubricante, a lo que él rotundamente se niega y le recuerda que debe llamarlo porque así está establecido. Tanta firmeza nos hace sospechar que la razón puede estar escondida en las complejísimas ecuaciones de la mecánica de fluidos, incomprensibles para el común de los mortales, pero, al levantar la vista, vemos en la sección de al lado una máquina idéntica con su botellita al servicio y uso a discreción de la operaria. Por supuesto, aquella sección se encuentra bajo la supervisión de otro técnico.
Nuestra trabajadora, como última opción, recurre al jubilado que tranquilamente labora unos metros más allá. Dentro de las políticas para hacer frente a la crónica falta de mano de obra, la prioridad ha sido incrementar el número de mujeres y adultos mayores a la fuerza laboral y aunque como paliativo ha tenido algunos resultados positivos, dista mucho de ser una solución definitiva o sostenible a largo plazo.
Jubilado san fue jefe o tuvo un cargo medio en alguna sección de la compañía y aunque cumplió la edad de retiro hace un par de años, decidió seguir en ella realizando un trabajo menor con un salario ídem. A solicitud, y comprendiendo la situación, Jubilado san se levanta y se dirige al almacén. Se encuentra allí con antiguos compañeros, de décadas, a los que ha visto y tratado más que a su propia familia. Gasta un par de bromas, se ríen, y regresa con la preciosa botellita. Se la entrega a la operaria y le advierte que si bien puede usar el aceite de acuerdo a su propio juicio este deberá estar siempre oculto, fuera de la vista y del conocimiento del encargado.
Esta historia, absolutamente real como todas las aquí narradas nos podría servir también para desmitificar un poco aquello de dar por sentada la asociación entre juventud e innovación y flexibilidad por un lado, y los años maduros con la rigidez y falta de reflejos por otro. En sociedades con niveles tan estrictamente delimitados donde hay que encajar o morir, literalmente, a los jóvenes no les queda más remedio que bajar la cabeza y adaptarse a castrantes modelos, perdiendo con ello su natural impulso y alegría de vivir.
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