El aprendiz de gurú

Si Japón fuese una persona sería un señor mayor. Casi octogenario. Que se hizo a sí mismo con mucho trabajo y esfuerzo. Ahora se jacta de sus grandes logros y predica su ejemplar trayectoria ocultando muy bien, porque en eso es un maestro, lo que tuvo que dejar a un lado por su bienestar material.   Sacrificó a sus futuras generaciones, se sometió a los designios de un tipo grande que le dio dos buenos bofetones hace demasiado tiempo, no le importó el vecindario y no tuvo las luces para madurar como sí lo hizo su amigo, el que estuvo también en la pelea con el grandulón. El hijo mayor, un solterón maduro, finge trabajar en la empresa familiar. Entre no tener mayores necesidades ni ambición y el viejo ser un gran amarrete, el sentido de urgencia o progreso no aparece por ningún lado. El hijo segundo es un hikikomori. Débil de carácter, incapaz de lidiar con las presiones de la vida cotidiana, escogió recluirse en su habitación desde hace más de 20 años. Tampoco tiene incentivos para cambiar su relajada existencia. Cuenta con todo lo que él considera necesario para ser feliz: comida, equipo «gamer» de última generación, internet de alta velocidad y provisión ilimitada de papel tissue.

La hija, y porque siempre hay alguien inteligente, no soportaba el ambiente familiar y las extrañas costumbres y arcaicos modos de su padre. En cuanto pudo se mandó mudar y ahora vive feliz en las antípodas.

Y no, no nos hemos olvidado de la esposa. Lo que pasa es que esta, desde el punto de vista del marido, es casi inmaterial, como un holograma programado para servir y atender a todos sus deseos. Allí, a un lado y un poquito por detrás, levemente inclinada, haciendo siempre el esfuerzo de pasar inadvertida, de no llamar la atención, pero a la vez estando en todos lados, cuidando de los detalles, sirviendo con abnegación y esmero.

Latinoamérica es un tipo en sus 30. Ya no es más el adolescente rebelde que mandó a rodar a su madre luego de sufrir sus abusos por larguísimo tiempo. Le dejaron unos terrenos y de eso vive. La mayoría de emprendimientos que hace son improvisados y chapuceros y fracasan por eso: por improvisados y chapuceros. Le sobra alegría pero le falta compromiso, profesionalismo y, también hay que decirlo, honestidad.

Aunque la busca, aún no consigue encontrarse con su verdadera esencia. Algunos signos de madurez sí que muestra pero mete la pata con demasiada frecuencia. Tiene una relación de admiración-odio quierosercomotúperomeacomplejo, con su vecino de arriba, que a pesar de ser solo un poco mayor y sin ser un ejemplo de perfección, ni mucho menos, es indudable que ha conseguido más de la vida.

En este afán de conocer y aprender, porque ganas hay, oyó hablar de este mítico viejito que había conseguido tanto con tan pocos recursos. Deslumbrado como muchos otros le expresó su admiración y comenzaron a cartearse. En las fotos que el viejito enviaba se le veía sonriente y bonachón, cuando en realidad, sus vecinos, los que lo conocen de toda la vida, saben muy bien que no es como se pinta. Sus consejos: trabaja mucho, gasta poco, sé ordenado y disciplinado. Puro sentido común que siendo el menos común de los sentidos, el viejito aprovechaba para decorar y envolver en vistosos paquetes que le vendía al muchachón: los «CÍRCULOS DE CALAMIDAD», el «TOMATO LEAF MANUFACTURING», «JUST IN PAIN», el sistema «KABUM» o las «5 HECES», eran estudiados con ahínco por el ingenuo aprendiz. Lo que este no sabía es que el viejito de marras era ya solo una fachada y que se desmoronaba por dentro. Que para llegar a la cima había sacrificado no solo su pasado sino también su futuro. Que mostraba con orgullo su auto, pero se avergonzaba de su hijo. Que padecía un estrés crónico que lo tenía siempre al borde del colapso. Que no sabía cómo disfrutar de la vida y que solo cuando se embriagaba podía darse el lujo de reír.

En fin, que lo mejor que puede hacer este muchacho es dejar de idolatrar al famoso de turno. Dejar de mirar embobado al gurú del momento con sus cursos y discursos y su sebo de culebra y ponerse de una vez los pantalones, mirarse a sí mismo y aprender con inteligencia. Que dejar un poco la chela está muy bien pero mucho mejor es dejar la ignorancia.

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