La pirámide de Mas(ma)low

Archiconocido y utilizado en todo el mundo, el sistema KANBAN se descarrila y queda inservible si colisiona con la jerarquía. De nada sirve el «JUST IN TIME», el «LEAN», las «5 eses», los 7 u 8 «MUDA» ante la estúpida jerarquía. No, no es un insulto. Es una definición. RAE: torpeza notable en comprender las cosas. Merriam-Webster: having or showing a lack of ability to learn and understand things.

Por su naturaleza intrínseca, el «KANBAN» tiene que ser perfecto. Pero si en un solo lugar se van acumulando un error tras otro, el desastre y la consecuente pérdida económica están más que asegurados. Como sabemos, dos de los datos más importantes de un «KANBAN» son el código de la mercadería y el código de localización. En el caso que nos ocupa, algunas veces no coincidía el código de la pieza con su ubicación. Otras veces simplemente no existía un lugar designado y se solucionaba colocando estas piezas en la maravillosa zona demarcada como «sin localización». Originalmente destinada a pedidos excepcionales esta zona se fue congestionado y ampliando a todo aquello que no era debidamente actualizado. También se observan algunos espacios vacíos destinados a códigos antiguos con poca rotación confirmándose la inoperancia del responsable o mejor dicho, irresponsable de almacén.

La recurrencia en el tiempo de estas situaciones se explican como siempre en la autoridad devenida en autoritarismo, en la jerarquía convertida en soberbia. Porqué molestarnos en corregir carteles si al esclavo ya se le indicó que donde dice AB en realidad está la pieza CD. Es su deber y su responsabilidad memorizar los cambios. Total solo son dos o tres. Bueno tal vez cuatro o cinco. O los que sean. Además el responsable de almacén es un gran jefe. No se le puede ir a molestar por minucias ni mucho menos cometer el sacrilegio de poner en evidencia las consecuencias de su desidia.

En el área de lavado-secado de las piezas hay, pegado en el lateral de una máquina, un reseco y amarillento papel con las listas de códigos y su correspondiente ubicación. Casi un centenar, pero para hacerlo más entretenido, a esta lista se fueron añadiendo con el pasar de los años y de los empleados, distintas anotaciones con distintas caligrafías, colores y tamaños. Con lápiz, lapicero o plumón. Recordando esos lugares turísticos donde gente de todo el mundo va dejando sus mensajes y garabatos: «José estuvo aquí», » María ama a Pedro» o «el CEO no tiene la menor idea» y así por el estilo.

Las correrías del trabajador buscando la mercadería en tres depósitos distintos no son nada comparado con las angustias y demoras que se producen al lavar piezas equivocadas. Ni hablar si además estas continúan en el siguiente proceso de recocido. Y es que debido a la deficiente señalización el error no solo se puede dar, y se da, en el operario que va en busca de la mercadería sino también en el que la deja.

El hecho de que los actos y omisiones de los encargados apunten a conservar las duras condiciones de trabajo del esclavo último cuando las mejoras no solo beneficiarían al trabajador sino sobre todo a la empresa y que además las soluciones sean tan obvias que a cualquier niño de primaria le quedarían muy claras, nos lleva inevitablemente a pensar que todo esto es adrede.

No es el anacrónico sistema de remuneración basado en la cantidad de horas trabajadas y en la antigüedad en la empresa el factor principal de la rengueante productividad japonesa, sino la ambición descontrolada de las élites que se esfuerzan por mantener y lo logran, ideas y nociones de siglos idos. De cuando el campesino entregaba dos tercios de su cosecha como impuesto a su amo y que además no solo debía sentirse honrado de servir a tan excelentísimo señor, sino también encontrar en ello el sentido de su existencia. Con estos antecedentes resulta de lo más lógico que en estos tiempos sean el neoliberalismo y en particular su denigrante, desde el nombre, política del chorreo o goteo, el sistema favorito de estas élites. Son precisamente estas «gotitas» las que conforman la remuneración del trabajador promedio que se ve forzado a complementar su salario con largas horas extras para tratar de mantener un nivel de vida decente.

Los números ayudan a tener una mejor perspectiva del asunto. En 30 años, hasta el 2020, el promedio de ingreso anual en Japón aumentó solo 4% hasta $38,000 mientras el promedio del resto de países de la OECD lo hizo en 30% hasta los $49,000 y, en Estados Unidos el aumento fue del 50% llegando a $69,000.

En estas circunstancias la desmotivación de los trabajadores es una consecuencia natural. El índice de suicidios, las escasas relaciones sexuales, la reducción de la población son, entre otras, señales claras de gente cuyas acciones responden más a una cuestión de coerción social que a motivaciones personales.

La forma de pirámide como símil de la jerarquía empresarial en Japón no es suficiente. Para tener una idea más certera debemos imaginar esta pirámide construida con cajas de cartón. El agobiante peso de las henchidas cajas en el vértice superior va sobrecargando y aplastando irremediablemente a las cada vez más vacías cajas de los niveles inferiores. Esta imagen sí que describe mucho mejor tanto el momento presente como el previsible desenlace.

Deja un comentario